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De la Madre Mercedes, Madre Superiora de la comunidad cisterciense La Asunción de Nuestra Señora, anteriormente llamada De San Bernardo, de la que fue Madre Superiora Teresa Galwey.
Página web: www.cisteratabal.com

No tuve la suerte de conocer y convivir personalmente con la Madre Sacramento, pero sí he podido heredar un rico patrimonio espiritual como son sus escritos y la transmisión hablada de las hermanas que convivieron y la conocieron perfectamente.

Las hermanas de su época coincidían en afirmar que su mayor virtud era la humildad. Ella procedía de una familia aristócrata, pero en su vivir diario supo compaginar bien su alta cuna y su sabiduría humana, con la sencillez y simplicidad que caracteriza al carisma cisterciense.

El tiempo que ocupó el cargo de Abadesa, supo ser Madre y hermana de todos los miembros que componían la comunidad, dejando una huella profunda de amor y entrega evangélica con la cual se ganó todo el cariño de sus monjas.

El testimonio más elocuente de su virtud es la novela manuscrita por ella: La Promesa. Mi Paraíso. Ahí se puede ver cómo pensaba y sentía en su corazón esa presencia viva de Cristo, al cual amaba y quería seguir fielmente, cumpliendo su voluntad en todo momento.

En nuestra comunidad nos sentimos orgullosas de la Madre Sacramento.

 
De Maria Teresa Gómez, sobrina-bisnieta de Teresa:

No podría decir exactamente cómo sucedió, ni en qué momento concreto se despertó mi conciencia, pero un día de otoño del año 2001, durante una conversación sobre la guerra civil española con mis colegas en la Universidad de Londres, supe que entre mis antepasados había habido una mujer que se había llamado Teresa, que había sido monja y que había vivido en los años treinta. Posiblemente no lo supe de repente, sino que fue una toma de conciencia lenta, cultivada a través de los años. Pero no fue hasta ese día de otoño que supe que lo sabía.

Teresa. Monja. Años treinta. En realidad, no podría haber sido de otra manera. Lo que supe ese día de otoño se acopló tan perfectamente en mí, que no tuve la sensación de saber algo nuevo, sino, más bien, de despertar de un sueño y de ver lo que siempre había sabido.

Unos meses más tarde, en un viaje a Madrid, comencé a indagar con mi familia, pero ninguna conversación abría caminos que me llevaran a la monja Teresa. Bueno, no importaba. Yo sabía lo que sabía y eso bastaba. Teresa era sólo una energía sutil, un pensamiento, una intuición, un rayo de luz, una sombra tal vez. Seguramente no fue nunca una mujer de carne y hueso, una mujer con mi mismo nombre, una mujer que vivió en su piel y en su alma los tumultuosos años de la Segunda República, los mismos que yo he vivido entre libros, revistas, afiches, archivos y conferencias con la misma intensidad y la misma emoción que si hubiera estado presente. Teresa llegó a Londres un hermoso día de otoño y un día de invierno en Madrid se me empezó a olvidar su presencia.

Cuatro años más tarde viajé a Melilla, donde habían nacido mis padres, mis tíos y mis hermanos mayores, y donde todavía tenía familia, aunque no la hubiera visto nunca. Mi abuela, Ana María Yrissarri Galwey, había tenido una conocida empresa aduanera en la avenida principal de la ciudad, y allí todavía vivía parte de la familia Yrissarri. Yo sólo había pisado esa tierra una vez, cuando tenía dos años, y no guardaba ninguna memoria.

Y allí llegué en el verano del año 2005, sin anunciar mi llegada, sin conocer a nadie que pudiera ayudarme con mi investigación y sin saber a quién iba a ver de mi familia. Pronto, sin embargo, conocí a los Escaño Yrissarri, la familia que había sobrevivido todas las olas de emigración y se había quedado en la ciudad a custodiar un comercio que tenía una solera de más de cincuenta años. Por primera vez, conocí a mis tíos Rafael y Mari Carmen (primos hermanos de mi padre). Cuando entré en su tienda, para ellos llegaba la viva imagen de su tía Ana María.

Unos días después, mi tía Mari Carmen me enseñaba fotos de la familia Yrissarri Galwey, del patriarca Luís Yrissarri y la matriarca María del Carmen Galwey, y de sus diez hijos, entre ellos mi abuela.

Entre foto y foto me habló mi tía de otra foto que ella recordaba pero que no tenía, una en la que aparecía mi bisabuela con sus dos hermanas. Contaba mi tía que era una bonita foto en la que las tres mujeres aparecían de ligero perfil. Una de las hermanas de María del Carmen se llamaba Paulina y trabajó mucho para la Cruz Roja, cuidando leprosos. Murió joven, en los años cincuenta. La otra se llamaba Teresa, había sido monja de las que en Málaga se conocían como "las Bernardas", y había muerto mucho antes, seguramente en los años treinta.

Mi tía nunca encontró la foto, y yo me fui de su casa como si tal cosa, simplemente contenta de haber averiguado más sobre la familia Galwey, sobre la que llevaba ya unos años recopilando información. Pero a la mañana siguiente, a las tres de la madrugada, me desperté bruscamente en la habitación de mi hotel, y me quedé sentada en la cama, sudando como si tuviera fiebre, con el cuerpo endurecido como si fuera de cartón-piedra y con un sentimiento general de total estupor.... Teresa, la monja de los años treinta... existió...

Sin haber dormido un ápice más, a la mañana siguiente volví a ver a mi tía, y entonces me enseñó más fotos, y allí estaban las de la monja Teresa, la monja "bernarda", "muerta en el año 32 ó 34", en plena República. Teresa, por fin, aparecía ante mí como una mujer de carne y hueso, una mujer vestida de hábito, una mujer de los años treinta, y una mujer de mi familia: mi tía-bisabuela. Mi intuición había sido cierta.

En Melilla no puede averiguar más sobre ella, y tuve que esperar a que terminara mi primera visita a la ciudad, para llegar a Madrid y ponerme a investigar. Enseguida averigüé que "las bernardas" era un nombre antiguo con el que se había conocido a las monjas de la Orden Cisterciense, en honor a San Bernardo de Claraval (1090-1153), su maestro espiritual más importante. Así pues, busqué información sobre los conventos de esta Orden en Málaga, con la esperanza de que aquél donde había estado mi tía-bisabuela todavía existiera. Los llamé uno a uno hasta que di con la comunidad a la que había pertenecido Teresa, el Monasterio Cisterciense de la Asunción de Nuestra Señora. Tuve el placer de hablar con la Madre Superiora Mercedes, quien me dijo que ella personalmente no había conocido a la "Madre Sacramento", nombre religioso por el que también se conoció a Teresa Galwey, pero que las monjas más mayores siempre habían contado muchas historias sobre ella, y por eso sabía que había sido una gran persona. Desgraciadamente, estas monjas mayores ya habían muerto, y no quedaba ninguna que la hubiera conocido personalmente, por lo que ya nadie podía ofrecerme una vivencia directa.

La Madre Mercedes me contó que Teresa había sido una religiosa muy culta, una mujer muy admirada, que había escrito novelas y poemas, y que había sido Madre Superiora de la comunidad. No pudo decirme mucho más, pero me pidió que llamara al día siguiente, porque iba a buscar en los archivos del convento a ver si encontraba algo sobre Teresa.

Al día siguiente, me dijo la Madre Mercedes:

- He encontrado en los archivos algo que había olvidado y que a usted le interesará.

- ¿De qué se trata? -pregunté yo.

- Del manuscrito de una novela que escribió su tía en el año 1911.

Me quedé sin habla.

La Madre Mercedes me invitó a ir a Málaga a visitar la comunidad y ver el manuscrito. Salí al día siguiente. Por casualidad, o tal vez sincronicidad, era el 15 de octubre, festividad de Santa Teresa. Pasé unos días con la comunidad, y la Madre Mercedes tuvo la gran generosidad de regalarme el manuscrito original de Teresa, regalo que acepté profundamente conmovida.

Y así es como llegué a conocer a mi tía-bisabuela Teresa, la monja que había vivido en los años 30, y cómo fue que llegué a tener en mis manos la novela que ella había escrito casi cien años antes.